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EL SEÑOR DEL PAISAJE

Archivado en cuentos • Fecha: 16-01-2005 19:42:18

" Las selvas eran nuestras..."
(Vicente Huidobro)




Betina se queda mirando por los ventanales como si de pronto, de entre los helechos mojados, el fuera a aparecer con su parka naranja , sonriendo, diluyendo, pero nada, solo la lluvia sobre las hojas, un golpe de viento en los ventanales, el sur. Ya pasaron doce horas y un botones, después de dejar un Daiquiry para ella y un Tequila margarita para la Antonia, confirma que se cortó el camino, que el hotel tiene comida para un mes, que no hay de que preocuparse. Son las ocho. Las gotas ruedan sobre los vidrios y Betina, para salir del trance, piensa que los vidrios sirven para dividir al mundo entre la gente de afuera, como él, como su él, y la gente del lado de adentro, como ella. Aún no oscurece totalmente. El cielo es fosforescente. En el pequeño triángulo de lago que se alcanza a ver, solo hay espuma y un brillo de acero viejo.

El aprovecharía esta tormenta.

Hace apenas cuatro días, cuando llegaron al antitiempo que impregna el lobby de todos los hoteles, pensó que jamas conseguiría olvidar eso que Antonia, con su reduccionismo ha dado en llamar "lo de Santiago". Inmediatamente después de cambiarse ropa, desarmar las maletas (hechas con la lógica visceral de alguien que huye), y hacer el reconocimiento de rigor del paisaje, llamó a Santiago y habló con las niñitas , una, dos, tres veces, en intervalos de cinco minutos, para amortiguar de alguna manera el hecho abrumador de estar en el sur profundo, y no enfrentando lo de Santiago con la dignidad que ella hubiese querido.

La lluvia..

Después de suceder "lo de Santiago", cuando Darío habló como no había hablado en años, y ella observó con curiosidad como el hombre que compartía su cama se convertía en un extraño, que la realidad se deformaba, se hacía en blanco y negro y ella no podía hacer nada para evitarlo, se le durmieron las manos, dejó de escucharlo para solo mirar como movía los labios, decidió apretar ese mute mental y todo quedo en silencio, solo atravesada por ese sutil hilo de conciencia Betina, estás escuchando lo que pensabas que le ocurría a la gente de afuera. Es terrible, y deberías llorar, por lo menos un poco, corresponde, te está hablando de una tercera, de una desconocida que ingresa a tu vida, que se infiltró en Darío, que atrapó su atención y hace que el superabogado lleve cartas de amor en el bolsillo, se arriende un departamento, le escriba, Dario escribiendo cartas, ¿hay algo mas ridículo de eso?, Claro que deberías llorar, esa es la ocasión, o siquiera algo mas de humedad, algo en la garganta pero no ésto, no no sentir nada. Solo quieres que todo termine de una vez, meter rápidamente algo al microondas, comer algo, cualquier cosa. Y esa carta ¿no es normal que de risa, o si? porque, si lo piensas fríamente, la situación es divertida: El ahí, tranquilo, mientras mas desesperado, mas tranquilo, hasta llegar a la catatónia, a ese rictus de autocontrol, siempre tratando de manejar todo por la vía de la palabra , ni siquiera se ha sacado el abrigo, Betina, deja de pensar huevadas, en que hacer el resto de la tarde, en como va a ser el acostarte con otro hombre, porque, básicamente, es eso lo que alguna vez va a suceder, acostarse con un extraño, habituarse a sus hábitos, ajustarse a sus gustos, variar, romper el habito mecánico del placer, vamos, que termine de hablar, ya ya ya, te perdono, ahora cállate, ¿Qué nunca puedes terminar nada a tiempo?.


La primera vez que lo vio fue desde los cristales de adentro (como mira la gente de adentro). Después de comer se fueron al living a hablar con los oftalmólogos que había conocido la Antonia y Betina fingió estar ahí, sonreír, estaba entrenada para eso, para prestar atención sin ponerla, para escuchar a Darío, a sus amigos y jurisprudencias mientras ella miraba hacia el lado de afuera, y la Antonia no paraba de hablar, y los oftalmólogos habían caído en su fuerza de gravedad y tras ella, los cristales, esa porción triangular de lago entre la oscuridad y la lluvia que solo se ve desde el lado de la chimenea, y ahí, él, en medio, tratando de ganar una competencia solitaria, primaria. Luego acostarse, escuchar la lluvia a intervalos, sentir el olor a madera pesada, la luna en su cara, lluvia y luna, a intervalos, por la ventana. Soñar. Ir al embarcadero, desnudarse, nadar, el agua negra, tibia, desde el centro mirar el hotel con los oftalmólogos adentro, y el lago es naranjo, y está acurrucada en la parka naranja del hombre, y el volcán, y el calor, Antonia, el calor insoportable de la calefacción, Toña, ¿ya te dormiste?

La mañana. Cepillarse los dientes como si nada. Ponerse bluyines y zapatillas, las zapatillas nuevas para ir al supemercado los sábados, de buzo, Bluyines y zapatillas. Pelo suelto. La mucama.
-¿Quién estaba anoche en el lago...?
-¿Anoche?
-Si, en esa cosa, ¿como se llama?, en un Windsurf
-¿Anoche?
-Si, anoche.
-Vive aquí..,- respondió con respeto la mujer que sacudía las camas. Y como si quisiera ahorrarse cualquier tipo de malentendido, se adelantó:
-Tiene solo diecinueve.
Luego todo fluyó, como si a medida que lo de Santiago se fuera quedando en el tiempo, las miradas en el embarcadero tomaran mas fuerza. Imposible determinar una secuencia lógica, un orden en los acontecimientos, porque éstos se superponen y se agolpan unos con otros. El lunes se encontraron abordando el Catamarán.
-¿Que haces?
-Soy fotógrafa, -mintió.
-Bien,- dijo, y ella pensó que en ese bien iba comprimido un gran, no te creo, ibas a ser fotógrafa, pero te atrapó la secuencia colosal de la vida. Casi probándola, él continuó:
-¿Y tu cámara?
-En el hotel.
El sonrió. Miró el paisaje como presentándoselo, de la forma en que alguien presenta algo de su propiedad. El cielo, de alguna manera era convexo, el lago era un gran angular.
-Ella se lo pierde
-¿Quién?
-Tu cámara.
Ella había reído sin ganas, lo había mirado y había sentido la incomodidad de saberse al límite de algo, pero sin saber de qué. El había hablado casi sin mirarla, como si supiera que había activado una secuencia irreversible y estuviera arrepentido, avergonzado.
-Abrígate.
El había acercado la mano hacia su cara, había tomado su gorro y había cubierto su pelo en un gesto que la hizo sentir infinitamente dependiente, como si le abrochara el abrigo a una de las niñitas. No recuerda si habló o lo que dijo se movió en el plano de los sentidos, pero fue familiar, perfecto.
-¿Tienes hijos?
-Hijas.
-¿Cuantas?
-Dos
-¿Les gusta nadar?
-¿Qué?
-Que si les gusta nadar
-No. O si, en realidad...
-¿Casada?
-Si.
-¿Feliz?
-Si
-Bien, -Completó, y sintió que esa conversación se había repetido antes, y que había representado esa escena una y otra vez, y supo exactamente que en esa espiral las escenas estaban delimitadas y eran irreversibles, y que en ese momento aparecería la Antonia y la sacaría de la hipnosis, lo sabía, tenía que ser así, entonces llegó la Antonia, y nos entramos porque había comenzado, de nuevo, a llover, a llover fuerte, pero él no entró, se quedó mirando hacia el volcán con su parka naranja empapada, rígido, como si tuviera que dar explicaciones.
Eso, el lunes
El martes casi no hablaron, apenas alcanzaron a esconderse en la caseta de informaciones para besarse con esa aceleración de las cosas prohibidas, en una obsesión inmensa de tratar de comprenderse por medio de la eliminación del espacio, él como un niño dejándose acariciar, ella con la torpeza de lo inusual, como si fuera la primera vez que desvistiera a un hombre, que sintiera el corazón bombeando en la garganta, la adrenalina en sus dedos, la erección de los pezones, la humedad, la sensación de blasfemia de arrebatar a la naturaleza uno de sus hijos y traicionar a las niñitas y entonces se detiene, lo deja, se va, camina, corre hacia el hotel pisando la arena negra, volcánica, mirando hacia abajo, entra al lobby se mira la cara en el gran espejo de la entrada, su cara trasparente y brillante, cara de polvo, como diría la Antonia, va a la cabina y habla a Santiago, establece un vínculo con la racionalidad, Darío, neutro, calmado, están acostadas, acaban de ver, por penúltima vez, la película que les compró en el Jumbo, mientras ella se toca la humedad del bluyin, mira en el vidrio su reflejo, su cara irritada, Darío y las niñitas, Darío hablando con las niñitas con esa definición insoportable de abogado, de Dios, de patriarca la mama les manda un beso grande, anda puteando en el sur con la loca de la Antonia. Díselos Darío, no es tan mentira, vieras lo que acabo de hacer, y colgué Antonia, corrí a la pieza a mojarme la cara, a tocarme como una adolescente, si esto no es parte de la realidad, Antonia, ¿Qué es?
- una calentura de huevona engañada, -confirma la Antonia sin dejar de fumar.- Solo eso.

Y la lluvia, y cenar en el universo aséptico del comedor, los oftalmólogos, los alemanes planeando un ascenso en la madrugada, la Antonia coqueteando hacia todos lados, los cristales, la sensación de no tragar, de esperar a que traigan el postre para salir afuera y fumarse un cigarro, caminar al borde del lago, tratar de verlo, y la Antonia que la mira como si leyera su mente y revuelve el café, y le pregunta si va a salir, y cuando ella le confirma avergonzada la Antonia por primera vez deja de sonreír, la mira, se pasa el pelo detrás de la oreja, y le dice:
-Ten cuidado,-
Ella no responde.

Afuera el frío es físico, y al respirar el vapor se condensa. Él la está esperando, o por lo menos eso parece, parece que siempre ha estado ahí, apoyado en uno de los jeeps de los oftalmólogos, lejos del área segura del hotel, como si la gente del lado de afuera no pudiera acercarse demasiado a los espacios cálidos, a la seguridad del lado de adentro, y camina, y nuevamente ella sabe que esa pequeña caminata es infinita y que ha sucedido y volverá a suceder, y que ahora el comenzará a silbar y ella pensará en veraneos antiguos, en las salidas con bluyines y parkas, en el olor a bronceador y el lago, otro lago.
-¿Vamos a los saltos ?
-Vamos,- dice ella, y en ese momento siente su mano de niño grande colándose en el interior de su bolsillo, encontrando la suya, cubriéndola, el no habla. Caminan por un sendero de lava. A lo lejos se escucha el sonido ronco del río. Después de un rato el sonido ocupa todo el espacio, y al fondo ven una masa móvil y blanca, un olor pesado a ozono y siente el miedo del agua profunda, el grito de un ave en la oscuridad y la fosforescencia rosada del volcán, con su peso de siglos, omnipresente.
El pone su parka en la tierra. Se arrodilla. La mira.
-Si no quieres...
Es solo un niño
Ella también se arrodilla.
-Si quiero
Las piedras en la espalda.
-Pero habla.
-La espuma.
-Habla del volcán
La parka naranja como almohada. La hipnosis.
-Esta vivo. ..Yo lo conozco, he subido solo
sus manos
-... Se sus grietas como los surcos de mi mano.
El ruido del agua.
-.. él me ha arrebatado sistemáticamente todo lo...
bajo el sweter, la blusa,
No puedes dejar de tocarlo
-que quiero. Varios amigos duermen en sus
Acercarlo mas a ti
-grietas...
meterlo dentro tuyo
-Esta vivo...
Sentirlo ahí, dentro, cuidarlo.
-Tiene la vida de las cosas eternas.
Solo un instante, piensa en que las niñitas ya deben de estar acostadas, en Darío viendo Teletrece, en su dormitorio. Luego se deja llevar por esas manos embarradas, siente su ropa deslizarse, busca con desesperación llenar el vacío que siente entre sus piernas, y el ruido, y ese calor entrando, y en cada penetración un puñado de tierra, aferrarse a algo, a las hierbas , al barro. Ella ha cerrado los ojos, ha sentido el olor a humus entrando por su narices, son golpes de olor a tierra básica, la desesperación , la espuma, el volcán voyerista, sus profundidades , el revoltijo del agua, sus brazos, se ahoga, se incorpora, la cercanía, mas cerca, el agua, el barro bajando entre sus pechos, la oleada de placer caliente golpeándole el vientre, su respiración, que no la suelte, que se convierte en tierra, en agua, y comienza a llover y no se mueven, nada debería moverse, y el placer burbujeando como la espuma, la tierra y sus corrientes telúricas, y la calma, y se disuelve, y ella quiere decirle algo, una palabra trascendente, un tatuaje de voz, y mira su cuerpo largo, de niño gigante y blanco embarrado y lluvioso, y su mirada que espera algo, una palabra, pero ella comienza a vestirse, a limpiarse, llora, se aleja, temblorosa, se tropieza, desnuda, llora porque él no se mueve, porque espera algo, una palabra, y ya deben de haber terminado las noticias, y ella no sabe ni su nombre, y ni siquiera usó condón, y ni siquiera lo obligó a terminar afuera, y ella sabe que quedará embarazad ay las niñitas ya deben de estar acostadas, y se va, corriendo, y él se queda ahí , fosforecente, entre la lluvia y el rugir fuerte de la espuma, y ver el hotel de lejos, las luces, la gente del lado de adentro, entrar, volver al lobby aséptico y soportar las miradas de los alemanes y los oftalmólogos , subir a la pieza, seguir llorando, Antonia, huevona tengo barro hasta en los calzones, y abrazarla y sentir a alguien del lado de adentro, y luego dejarse desvestir como si fuera una niña, meterse a la ducha caliente, el agua barrosa en la cerámica, el ruido hipnótico del secador de pelo, los cigarros , en piyamas, como adolescentes, como la gente del lado de adentro, limpios y tibios, como Darío y las niñitas, Antonia silenciosa, sin preguntar, tratar de dormir, envolverse en la lluvia, tocar su pelo afiebrado, su niño. Volver a repasar una y otra vez, como en oleadas, cada palabra. Antonia, no podrías creerlo. Aún debe de estar ahí, afuera.


Después del derrumbe, él salió con los otros hombres del lado de afuera a buscar a los Alemanes, y esa fue su excusa para despedirse sin tener que hacerlo. Ella estaba en el grupo de la gente de adentro que salió a despedir a los del lado de afuera, incluido un oftalmólogo. Hacia frío y él, mientras se ponía su parka naranja, se volvió a ella, sólido.
- Vuelva al hotel si no quiere mojarse.

Y llueve.

Betina mira por los cristales, toma un aperitivo que baja caliente por dentro. Antonia fuma, saca un solitario, es su segundo tequila margarita. Desde que se cortó el camino, la noche del derrumbe, todo se precipitó, como si la entropía del universo fuera mas fuerte.

Y llueve.

Es su décima llamada a Santiago. Nadie. Ni siquiera la voz calmada de Darío.
Darío se llevo a las niñitas
-Las líneas se cayeron con el viento señora
Las grietas del volcán.
Los alemanes de mierda que no tenían que haber subido.

Siempre el cristal, ¿no Antonia? .

Y llueve.

En la mañana, las despertó un sol limpio, original, y una espora entró volando cuando abrieron la ventana. El cielo estaba azul y la luminosidad era tal que Betina pensó que ya no había un lado de adentro y uno de afuera porque todo el mundo era seguro y feliz. A las doce les avisaron que habían arreglado el camino y a la una comenzaron a llegar autos, una caravana de civilización metálica, ruidosa, tocando las bocinas, y entre ellos, con el barro deformando la carrocería, la camioneta santiaguina de Darío, Darío con su cara de domingo, con su sonrisa de supermercado, con su amor de siempre. Darío siempre ahí.
Betina lloró al abrazar a las niñitas. Luego, obedeciendo a un hábito mas que a la conciencia se acercó al hombre y lo besó, y sintió que las cosas tomaban el curso correcto, que ese amor, tranquilo, imperturbable, era el verdadero amor. En ese momento volvieron los del grupo de rescate con la noticia, esa noticia neutra que quedó flotando en el aire, como un aroma.

Escrito por Julio C. Rojas
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