
Me desplazo por los muros de adobe sin dejar sombra ni huella. Soy mas sutil que los corpúsculos de sol que se filtran hacia la biblioteca, mas fino que el rumor de aire que cruza las habitaciones. Soy nada. Un observante sin voz, apenas un punto de vista. Atrás, mas allá de los limoneros, el río transcurre tranquilo, apenas un movimiento de siesta que acaricia la pequeña playa y el muro. Un camino a todo sol, mosquitos sumbando. El silencio. Como ese día. Como todos los días. Los domingos es distinto. Llegan los autos, se estacionan al lado del gran palto, los niños corren de un lado a otro, el silencio se llena de gritos carreras, saltos. En el comedor, paso como una brisa entre las copas, despeino el pelo de María Luisa solo para obtener su aroma. Es algo fresco, ella nota algo, apenas un rumor de sedas. Luego los gritos y los brindis y los niños que andan debajo de la mesa, bromeando. En la tarde se produce un silencio. Son ronquidos, hay algo pesado, secreto. En la cocina una llave gotea, burbujas de lavasa se revientan. La chimenea de la sala produce descargas, crepitares. Don Alselmo duerme, Doña Irma lee una revista de modas y cae en la inconsciencia, los niños van a pescar, los jóvenes han salido a caminar, fuman en silencio. En una de las piezas , piezas del fondo, Maria Luisa hace el amor semivestida. El hombre la ha subido la falda, le ha descubierto los pechos, ella se aferra a su cabeza, ahoga sus silencios en su cuello. Es algo silencioso y pulsatil. Después de la breve lucha, el sale, y se encierra en el baño, a lavarse. María Luisa ha quedado sobre la cama, aun invadida por ese calor, deseando que las manos la recorrieran solo un poco mas, la saciaran del todo, pero solo es el ruido hipnótico de los mosquitos, el sol filtrándose apenas por las gruesas cortinas, sus pechos aun hinchados, aun con saliva de miguel, sus manos van y vienen entre sus piernas , y el sudor, y el olor a pan, y estirarse, y jugar con la ropa que le sobra, y yo paso por su rostro, apenas una acomodación de aire, apenas un pensamiento deslizado en sus oídos, apenas una imagen que sube a los labios, y en el momento de la oleada de placer, de ese autoplacer que de pronto se escapa eléctrico desde bajo sus dedos, de ente sus piernas y que sube como una ola que cristaliza sus pechos, asciende hacia la boca demasiado rápido para ahogar un quejido, justo en ese momento, el recuerdo también sube, y ambos, orgasmo y palabra salen simultáneos y María Luisa, después de siete años del accidente, (del río adormecedor, del silencio) pronuncia por primera vez mi nombre, y se duerme como antes, como si hubiéramos hecho el amor y nada hubiera cambiado.